Vamos a morir todos, Emily Austin

Gilda no friega los platos sucios. Llega tarde a trabajar; a veces no va. No tiene muchas amistades. Gilda no cuida la relación con su pareja. Miente a diario y va a urgencias constantemente. Tiene solo dos fotos en Instagram, una de ellas es un cubo de basura.  Gilda también pasa horas y horas buscando al gato perdido de sus vecinos. Se acuerda de las tradiciones más antiguas. Cuida y quiere a su hermano. Va hasta extremos fuera de toda lógica solo por no disgustar a una anciana a la que ni siquiera conoce. Gilda es un personaje que yo no había leído antes en ninguna parte y que me ha dado —en los dos días que tardé en devorar esta novela— una lección de empatía como hacía mucho tiempo que no recibía.

Sujetaos al café, esta es una lectura importante. 

Tras perder el empleo, romperse un brazo en un accidente de tráfico y verse incapaz de gestionar su ansiedad existencial, Gilda decide acudir a una parroquia católica que promociona ayuda psicológica  gratuita. Al llegar, es confundida con alguien que solicita un puesto de trabajo en la administración de la iglesia. A pesar de ser atea y lesbiana, se siente incapaz de sacarlos de su error y acaba aceptando el puesto. Nos convertimos entonces en espectadores de lo que va sucediendo en el día a día de Gilda mientras navega como puede esta pantomima.

Durante este proceso, la novela aborda con una perspectiva fresca dos grandes temas: la salud mental y el salto entre la vida moderna y las tradiciones católicas, en las que Emily Austin explora mediante la ficción sus propias experiencias.

Acompañamos a Gilda en los aspectos más mundanos, de una forma muy íntima, ya que el narrador es una primera persona que piensa más de lo que actúa y que, como recoge Cait O’Neill, tiene cierto elemento de disociación sobre sus propias emociones y relaciones ya que está viviendo una mentira.

La forma de abordar la salud mental es envolvente, porque la novela aborda todos los aspectos de la vida adulta: trabajo, relaciones, salud y espiritualidad. Nos hace sentir muchas veces la incapacidad de hacer tareas sencillas, el descuido físico (alimentación, higiene etc) y el aislamiento. A pesar de tener tantos problemas sobre los que tomar acciones concretas, Gilda se encuentra en varios puntos de la novela paralizada por pensamientos intrusivos sobre la muerte y el sobreanálisis que realiza.

“Me pregunto si alguien habrá muerto mirando este techo. “Un día moriré”, afirma mi conciencia. Esa certeza reverbera en mi cráneo como un grito en una cueva. Voy a experimentar lo que se siente cuando la fuerza vital se agota. Tengo que asumirlo. Lo que anima mi cuerpo se detendrá. Oscuridad. Nada. No es un simple miedo de película de terror; es verdad. Y los demás se ocuparán de mi cadáver.”

La cercanía del relato crea un personaje que puede tomar decisiones totalmente estrambóticas de forma verosímil, como ocurre en otras obras como La conjura de los necios, generando así un caldo de cultivo perfecto para los enredos. Los personajes secundarios que participan en estos embrollos, tienen un gran papel en profundizar en este tema. Algunos aportan contrapuntos exagerados, como Giuseppe, coach motivacional, otros cimentan la historia que llevó a Gilda hasta ese punto: padres que ignoran los problemas, un hermano con problemas de alcohol. La distancia con las amistades y, en general, la debilidad de la red de apoyo de Gilda.

La temática de salud mental me ha recordado a Me alegro de que mi madre haya muerto, pero la narrativa es totalmente diferente. A pesar de ser Gilda un personaje ficticio (o tal vez exactamente por ese motivo). Es una novela contemporánea, fresca,  que cobra relevancia en un contexto de mayor concienciación sobre la salud mental, pero también de mayor expansión de los trastornos mentales en personas jóvenes debido en parte al paso de la pandemia y al uso problemático de las redes sociales.1

Por su parte, la Iglesia católica es uno de los contextos principales de la novela, tanto es así que la obra está divida según el calendario litúrgico: Adviento, Navidad, Tiempo ordinario, Cuaresma y Pascua. Gilda se convierte en una observadora externa de los ritos de la parroquia, y reflexiona con sorpresa al ir descubriendo y analizando poco a poco los pormenores de la religión. Este punto de vista muchas veces es reflexivo, y converge con sus ideas recurrentes sobre la muerte, pero da lugar a puntos de humor que pueden no ser para todo el mundo —pero que a mi me encantaron—. Dejo un par de ejemplos en las citas.

Hoy se casa una pareja. La novia es rubia y va toda vestida de blanco, a pesar de lo que he oído a su suegra decir en el vestíbulo.

He logrado hacerme pasar por católica durante casi dos semanas. Aunque ha habido algún momento en el que he estado a punto de cagarla. Ayer, por ejemplo, grité «¡Dios!» al darme un golpe en el pie justo delante de la Liga de Mujeres Católicas. Y en otra ocasión se me escapó una carcajada y dije «Sí, claro», cuando Barney comentó la suerte que tendría mi futuro marido. Pero a pesar de todo, me han aceptado como lo que finjo ser.

Como tema secundario, cabe mencionar que, aunque no es una novela centrada en transmitir las vivencias del colectivo LGBT, sí que da pinceladas del impacto que tienen ciertas experiencias en la formación de la identidad de Gilda y los retos que supone aún en el presente mantener una relación lésbica frente a una heterosexual. 

La narración se compone de una serie de secciones breves que simulan un flujo de pensamiento y se van entremezclando con una acción lenta pero entretenida. Estos párrafos recogen el presente de forma cronológica, pero de vez en cuando también intercalan recuerdos que contextualizan las relaciones de Gilda con familiares y amigos, pero sobre todo consigo misma. La estructura nace de la forma en la que Austin abordó el libro, según explica ella misma en esta entrevista. Se combinan con habilidad ideas de angustia existencial, fragmentos de humor y también de ternura, que hacen que la lectura sea agradable a pesar de ser Gilda un personaje que está sufriendo durante la mayor parte de la historia. 

Es una lectura única y que recomiendo a quien tenga gustos por lo contemporáneo, interés en la salud mental; pero tal vez no a quién se encuentre atravesando un episodio de ansiedad o depresión, ya que las cavilaciones de Gilda pueden resultar oscuras a veces. Lo que más me ha gustado es que hace un trabajo excelente al contextualizar la parte que se percibe desde el exterior frente al conjunto de lo que representa un desorden de ansiedad. Además, aunque puede ser a veces una novela angustiosa, siempre tiene un matiz de optimismo, y por eso, me gustaría cerrar esta reseña con mi fragmento favorito, espero que lo disfrutéis tanto como yo.

A veces me obsesiono con lo asqueroso que es el ser humano. Pienso en que hacemos cosas como tirar basura o inventar bombas nucleares. Pienso en el racismo, la guerra, las violaciones, la pederastia y el cambio climático. Pienso en lo repugnante que es l gente. Pienso en los baños públicos, los sobacos y sobre todo en las manos sucias de todo el mundo. Pienso en cómo se extienden las infecciones y las enfermedades. Pienso en que todos los seres humanos tienen culo, y eso me parece asqueroso. 
Otras veces me fijo en lo entrañable que es la gente. Dormimos en superficies blandas; nos gusta estar calentitos. Cuando veo a gatos acurrucados en cojines me da mucha ternura; también somos así. Nos gustan las galletitas y las flores. Nos ponemos mitones y gorros. Vamos a ver a nuestra familia aunque seamos muy viejos. Nos gusta tener perros. Nos reímos; hacemos sonidos involuntarios cuando algo nos hace gracia. La risa es adorable, si lo piensas. 
Tenemos hospitales. Inventamos edificios enteros para arreglar a la gente. Los médicos y enfermeros estudian un montón de años para trabajar aquí. Vienen todos los días para curar a los demás. Si descubriéramos algún otro animal que creara una infraestructura por si alguno de sus compañeritos animales se pone enfermo, a todos nos fliparía y nos conmovería muchísimo. 

Codora

Dueña y señora de Codora in Disguise. Amante de los libros, los gatos y el café.

  1. Fuente: «World Mental Health Day 2024»: 10 October; Parlamento Europeo ↩︎


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